El plan original de Elena estaba plastificado. No era una forma de hablar: realmente había impreso un documento de Excel de tres páginas con códigos de colores y lo había pasado por una termoselladora para resistir el agua del mar Egeo.
Éramos cuatro: Elena, la arquitecta del orden perfecto; Sofía, que había empacado tres vestidos de lino por día en busca de un romance de película; Lucía, cuyo único objetivo vital esa semana era determinar qué taberna servía el mejor moussaka de las Cícladas; y yo, encargada de inmortalizar el desastre anunciado con mi cámara.
Nuestra base de operaciones era una pequeña casa blanca de paredes encaladas en Naxos, con una puerta azul que chirriaba cada vez que el viento Meltemi soplaba con ganas.
Durante los dos primeros días, el «Método Elena» funcionó con precisión suiza. Vimos las ruinas al amanecer, recorrimos los callejones de la Chora antes de que llegaran las hordas de turistas y tomamos café griego helado a las horas programadas. Pero al tercer día, Grecia decidió hacer lo que mejor sabe hacer: imponer su propio ritmo.
Habíamos alquilado dos motocicletas para llegar a una playa secreta en la costa sur. A mitad de camino, la moto de Sofía decidió declararse en huelga frente a una pequeña granja familiar flanqueada por olivos centenarios.
—Está en el cronograma —dijo Elena, consultando su hoja plastificada—. A las 18:00 debíamos estar en el mirador del norte para la luz perfecta. Pero la luz perfecta decidió encontrarnos a nosotras.
Un anciano de piel curtida por el sol, llamado Yiannis, salió de la casa al ver nuestro dilema. Sin hablar una palabra de español (y muy poco inglés), hizo una señal para que nos sentáramos bajo la sombra de una parra. Antes de que Elena pudiera protestar con su itinerario en la mano, Yiannis reapareció con una jarra de vino blanco frío, un plato de aceitunas negras y un queso feta bañado en aceite de oliva y orégano fresco que hizo que a Lucía se le saltaran casi las lágrimas.
Un atardecer fuera de libreto. Nos quedamos allí tres horas. La moto no se arregló (el mecánico del pueblo vecino llegó al día siguiente, sin ninguna prisa), pero a nadie le importó.
Sofía terminó bailando una especie de sirtaki improvisado con el nieto de Yiannis, que había bajado a ayudar; Lucía consiguió la receta casera del queso; y Elena, gradualmente, fue guardando el Excel plastificado en el fondo de su bolso de playa.
Cuando el sol empezó a caer, no estábamos en el famoso mirador turístico repleto de palos de selfie. Estábamos sentadas en el muro de piedra de una granja perdida en medio de una isla griega, con las piernas colgando hacia el mar, los pies manchados de polvo y las copas llenas. El cielo no solo se volvió naranja: se tiñó de un violeta profundo que se fundía con el agua en el horizonte.
El verdadero recuerdo…La última noche en Atenas, antes de tomar el vuelo de regreso, hicimos el recuento oficial del viaje en una terraza con vistas a la Acrópolis iluminada.
Sofía no encontró el romance de película, pero se enamoró perdidamente del mar Egeo.
Lucía subió dos kilos y juró que había sido la mejor decisión de su vida.
Yo me quedé sin espacio en la tarjeta de memoria de la cámara.
Y Elena…Elena sacó su famoso Excel de la bolsa.
Miró la hoja doblada, sonrió con cierta picardía y, ante el aplauso de todas, la usó como posavasos para su última copa de uzo. Hay viajes que se planifican con la cabeza, pero los mejores son los que se improvisan con la gente correcta.
Rovica.


