Llevaba tres años escuchando hablar del maestro Wen, «el maestro de la montaña», como todos lo llamaban. Decían que vivía en lo alto de la montaña, donde las nubes se enredaban entre los pinos y que quien lograba subir hasta su cabaña, aprendía el secreto de la verdadera maestría. Algunos hablaban de técnicas perdidas. Otros, de una sabiduría capaz de transformar a cualquiera.
Cuando le conté a mi madre que pensaba ir a la montaña para ver al maestro Wen, me preguntó:
—¿Y qué esperas encontrar allí, Rosmeri?
Dije: algo sobre inspiración, claridad, aprender a ser escritora. Mi madre sonrió, pero no insistió.
Rosmeri dejó su trabajo, vendió la mitad de sus cosas y emprendió el viaje. El ascenso le tomó dos días. Cuando llegó, con las botas rotas y las manos heladas, encontró a un anciano sentado frente a una taza de té humeante, como si la hubiera estado esperando.
—He venido a aprender —dijo ella, sin aliento—. Quiero ser escritora. Una escritora de verdad. Dicen que usted puede enseñarme lo que me falta.
El anciano la miró con ternura y una calma que parecía no tener fondo.
—Enséñame lo que ya sabes —respondió.
Rosmeri sacó de su mochila un cuaderno viejo y desgastado. Durante años había escrito en él, en los ratos libres, entre turnos de oficina y noches de insomnio. Lo había llenado de relatos e historias, cuentos inconclusos, poemas tachados, descripciones del mundo y fragmentos que nunca había compartido. Siempre lo hacía convencida de que aquello no era suficiente, de que le faltaba algo.
El maestro Wen tomó el cuaderno entre sus manos y pasó las hojas despacio.
No dijo nada durante un largo rato.
—¿Qué esperabas encontrar aquí? —preguntó al fin.
—El secreto. La técnica, la voz, cualquier cosa que me convierta en escritora.
El maestro cerró el cuaderno y se lo devolvió con suavidad.
—Has subido una montaña entera buscando algo que cargabas en la espalda.
Rosmeri frunció el ceño.
—No entiendo.
—Mira tus escritos. No los lee alguien que quiere ser escritora. Los lee alguien que ya lo es, pero que no se da permiso para creerlo. —Sirvió otra taza de té y la deslizó hacia ella—. La gente sube hasta aquí pensando que voy a darles algo. Y lo único que hago es sostenerles un espejo.
Ella tomó la taza entre sus manos temblorosas. Pensó en todos esos años escribiendo a escondidas, esperando una validación que nunca llegaría desde afuera. En esa voz interior que le repetía: todavía no, no eres suficiente, te falta una publicación, un título, un premio, una señal.
—¿Entonces el viaje no servía para nada? —murmuró.
—El viaje sirvió para todo —sonrió el anciano—. A veces hay que recorrer un camino muy largo para descubrir que ya habías llegado antes de empezar.
Rosmeri bajó la montaña al día siguiente. No traía nuevas técnicas, ni secretos, ni fórmulas mágicas. Traía algo mucho más difícil de encontrar: la certeza de que aquello que tanto había buscado ser, ya lo era desde hacía mucho tiempo.
Cada vez que escribía, aunque fuera imperfecto o breve, no estaba intentando convertirse en escritora. Lo estaba siendo. Solo le había faltado mirarlo.
A veces vas a un sitio pensando que vas a aprender algo grande. Y lo más importante y valioso que aprendes es que ya eres lo que quieres ser.
Rovica.



Muy bueno el relato y con una gran reflexión. Saludos.
Muchas gracias, Marco! Me alegra saber que el relato te gustó y, sobre todo, que la reflexión llegó a transmitirse. Ese era precisamente el propósito, invitar a pensar y encontrar un significado más allá de la historia. Un abrazo amigo.