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  • Última modificación de la entrada:03/07/2026

 

 

Viernes 14:55. Cinco minutos. Exactamente trescientos segundos para que explote el cohete que me propulsa hacia siete días de gloriosa, absoluta y merecidísima vagancia. Mi cerebro ya ha hecho check-out. De hecho, mi cerebro está ya en una hamaca en una playa paradisiaca bebiendo algo con una sombrillita, mientras mi cuerpo sigue atrapado en esta silla de oficina que, estoy convencida, ha desarrollado una forma cóncava con la silueta exacta de mi trasero existencial.

El jefe, un ser de una especie no catalogada que se alimenta de hojas de cálculo y almas en pena, se acerca. Intento parecer ocupada tecleando frenéticamente un correo electrónico que, en realidad, es la lista de la compra de la semana que viene: «Cervezas, refrescos, patatas, más cervezas, protector solar (factor 50, que soy más blanca que un folio), y ganas de no hacer absolutamente nada». Lo envío. A Recursos Humanos. Por error. Me encogeré de hombros el lunes. O no. Las vacaciones son un escudo anti-pifias laborales irrompible.

¡Zas! 15:00. El reloj suena, pero no es un reloj, es el ángel de la libertad tocando una trompeta celestial hecha de bronce y sueños. De un salto felino, que más bien es un traspié porque se me ha dormido la pierna derecha, me incorporo. El cajón de la mesa se abre con la violencia de quien abre un grifo de champagne barato. De allí extraigo mi kit de «Desconexión Extrema»: un tupperware que aún conserva un resto fosilizado de macarrones de la era pre-covid y un par de chanclas de un amarillo tan radiactivo que podrían usarse como señal de emergencia.

Mientras me desabrocho los botones de la camisa, que para mí son como las ataduras de Gulliver, imagino la semana que me espera. He planificado una odisea de la pereza. La agenda es un monumento al vacío constructivo:

Lunes: «Simposio Internacional sobre la siesta y sus derivados». Practicum: tres horas de sueño no REM en el sofá, con la boca abierta y babeando un poco, que le da autenticidad.

Martes: Avistamiento de documentales en la naturaleza (de mi salón). He alineado uno sobre la migración del ñu, que es básicamente verme a mí misma pero en la sabana y sin tener que ir al gimnasio.

Miércoles: Auditoría de estado de la nevera. Profunda y repetitiva.

Jueves: Tentativa de recordar una contraseña de wifi de un bar al que fui en 2019, solo por el placer de fracasar y usar mis datos móviles, como una rebelde.

Viernes: Lectura del prospecto de un jarabe para la tos caducado en 2017.

—¡Ya estás tardando! —le grito a la tipa que llevo dentro, esa que aún no se ha enterado de que somos libres.

La bandeja de entrada se queda ahí, a punto de explotar como una olla a presión llena de problemas que ya no reconozco. El teléfono de la oficina suena. Lo miro. Le sonrío con una mezcla de ternura y desprecio. Descuelgo, musito un «me importa un rábano» apenas audible y cuelgo. Es glorioso.

Al salir, me cruzo con la becaria, que me mira con una mezcla de envidia y terror al verme enfundada en mis chanclas tácticas y la camisa entreabierta ondeando al viento del pasillo como la capa de una superhéroe cutre. Le dedico un saludo marcial y exclamo:

—¡A la gloria, que diría la chiquillería!

Ella pestañea, confusa. Pobre. Aún no sabe que el verdadero trabajo no es este, sino sobrevivir a las reuniones sin morir de aburrimiento.

Una vez en la calle, la brisa me da en la cara y juro que huele a bloquear contactos laborales y a noches sin poner el despertador. El sol, ese astro que solo veía a través de la ventana de la oficina, me saluda. Le devuelvo el saludo con un gesto vago. Mi teléfono personal tiene ya un aviso preparado de «Fuera de la oficina» que programé anoche. Es una obra maestra, una poesía del escaqueo:

«Gracias por tu mensaje. Estoy en un retiro espiritual tecnológico y etílico donde los chamanes son cervezas, refrescos y cócteles artesanales y el wifi es un mito. Si tu asunto es urgente, por favor, replantéate tu concepto de urgencia. Si no, espérame a la vuelta, estaré más quemada que una tostada, pero más feliz que un gorrino en una charca. Besis.»

La aventura está a punto de comenzar. Me dirijo a casa con el paso del que acaba de robar un banco, pero en lugar de dinero, he robado siete días de vida. Siete malditos y preciosos días. Siento que llevo dentro un lema, un grito de guerra. Algo como «¡A sus puestos, que es viernes y me las piro!»

Y entonces, mientras cruzo un paso de cebra sintiéndome la dueña del universo con mis chanclas fosforescentes, tropiezo. Un tropezón épico, a cámara lenta. El tupper de los macarrones sale volando, describiendo una parábola perfecta. A mi alrededor, el mundo se detiene. La anciana del paso de cebra me mira. Un niño señala. Al caer, solo puedo pensar una cosa con una sonrisa de felicidad absoluta:

«Da igual, mundo. ¡Estoy de vacaciones!»

Rovica.

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