En Cala Fría, verano con olor a sal. Marina tenía diecinueve años y pasaba las tardes ayudando a su tía en una pequeña heladería frente al paseo marítimo, en temporada de verano. Fue allí donde vio por primera vez a Leo: descalzo, con una camisa azul demasiado fina para tanto calor, preguntando por una granizada de limón como si la necesitara para seguir viviendo.
Volvió al día siguiente. Y al otro. Siempre a la misma hora, cuando el sol empezaba a bajar y las sombras de los toldos se estiraban sobre las baldosas.
—¿No tienes otra cosa que hacer? —le preguntó Marina una tarde, mientras le servía el vaso con limón granizado.
—Sí —dijo él—. Pero prefiero esto.
Y sonrió de una manera tan simple que ella, sin saber por qué, también sonrió.
Durante julio se vieron cada tarde. A la salida del trabaajo, caminaban hasta el espigón, se sentaban en el muro aun caliente y hablaban de cosas pequeñas: las películas viejas que daban en el cine abandonado, las casas vacías del barrio alto, las tormentas que venían del mar sin avisar. Leo parecía conocer el pueblo mejor que nadie, aunque Marina nunca lo había visto en invierno.
Una noche entraron juntos en el antiguo cine. La puerta estaba torcida y la pantalla llena de polvo, pero allí dentro hacía fresco. Leo encontró una linterna, ella un puñado de entradas amarillas en el suelo, y durante un rato se rieron como si hubieran descubierto un mundo secreto.
Se besaron en la azotea de una casa vacía, nadaron de madrugada cuando la playa estaba desierta y una vez robaron dos melocotones del mercado solo para comerlos sentados en la arena.
—Cuando termine agosto, me iré —dijo Leo una noche.
Marina se encogió de hombros, fingiendo que no le importaba.
—Pues escribe.
—No sé si podré —dijo él.
—Entonces vuelve.
Él la miró largo rato, como si quisiera decirle algo importante, pero al final solo apoyó la frente en la suya.
—Si llueve, no salgas —murmuró.
Ella pensó que era una de sus rarezas.
La última tarde de agosto el cielo se puso gris antes de la hora de cenar. El mar cambió de color y el aire olía a tierra mojada. Marina salió corriendo hacia el cine abandonado, donde habían quedado en verse. Encontró la puerta abierta y, dentro, una única entrada sobre el suelo.
No había nadie. Ni rastro de Leo. Ni sus pasos. Ni su camisa azul.
Solo la entrada vieja, con una fecha impresa en letras casi borradas por el tiempo: 1997.
Marina fue a casa con el corazón golpeándole en el pecho. Al enseñársela a su tía, la mujer la sostuvo entre los dedos y palideció.
—¿De dónde has sacado esto?
—La dejó Leo.
Su tía tragó saliva.
—Ese nombre lo llevaba mi hermano.
Marina no entendió nada hasta que, al día siguiente, su abuela la llamó a la cocina y le mostró una fotografía de un verano muy antiguo: un chico joven, con camisa azul, de pie frente al mismo cine.
Era Leo. O alguien idéntico a Leo.
—En Cala Fría pasa eso algunas veces —dijo la abuela, tranquila—. El verano toma la forma de un muchacho para que alguien joven aprenda a quererlo antes de que se vaya.
Marina quiso reírse, pero no pudo.
Esa misma tarde bajó a la playa. El viento era más frío ya, y en la orilla vio a un chico descalzo ayudando a una niña a levantar una cometa roja. Tenía la misma sonrisa de Leo. Y el mismo modo de mirar el mar como si lo conociera desde siempre.
Marina se quedó quieta un instante. Luego, por primera vez en todo el verano, no esperó a que la llamaran.
Fue ella quien caminó hacia él.
Rovica.



Wao, bello. Saludos para ti, Rovica.
Muchas gracias Marcos,. Me alegro saber que te ha gustado. Un abrazo amigo🌼😊